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Música; el sonido de la historia. 
La música, desde siempre, ha ejercido como elemento transmisor de todo lo que social y políticamente ha ido sucediéndose a lo largo de la historia. Por una parte significó el reflejo del poder ejercido por burguesías, monarquías e incluso la Iglesia. Por otra, sirvió como elemento revolucionario ante injusticias y determinados órdenes establecidos. Es decir, la actividad paralela de la música como ostentación de poder de las clases más altas, mostrando los valores que esta representaba, y a su vez ingrediente esencial propio de las críticas y denuncias del sistema, preconizando en ocasiones incluso cambios políticos venideros.

Antes de avanzar en la materia, quiero resaltar la importancia de contextualizar las obras citadas en los diferentes escenarios históricos. Sólo así advertiremos cuál su importancia en el momento de su creación.

En la Europa de finales del siglo XIX y primera mitad del XX se originan una serie acontecimientos que comportarán grandes cambios en el ámbito social, cultural y económico. Los enfrentamientos políticos y las guerras marcarían la dinámica social, y como consecuencia directa, también el arte en general y la música. En el XIX por ejemplo, podemos encontrar la aparición y desarrollo de lo que se denomina música programática, que es aquella cuya finalidad es evocar ideas e imágenes por medio de la representación musical de escenas, acontecimientos o sucesos. Podremos deducir pues la importancia de la ópera como principal medio de expresión para estos fines.

Dentro de todo este expansionismo de las naciones, las artes, incluida la música, adquieren una especial relevancia, ya que el prestigio y la difusión de los logros conseguidos son de vital importancia para los fines propagandísticos de las naciones.

Por citar algunos ejemplos, Elgar fue un fiel transmisor de la grandeza del Imperio Británico, mientras que compositores como Delius o Vaughan Williams reivindicaban en su música la tradición musical heredada desde Dunstable hasta Purcell. Por otra parte, compositores como Cesar Frank, Saint-Saënts, Massenet o Fauré destacan dentro del ámbito francés, al ser compositores que desarrollan un fuerte nacionalismo musical con la intención de alejarse de la influencia austro-alemana en un intento de recuperar un lugar privilegiado en Europa después de la derrota francesa en la Guerra franco-prusiana. Como contraste a esta música que podríamos afirmar gozaba de un respaldo oficial, nace a finales del siglo XIX el Impresionismo, movimiento musical que hereda su concepción del arte de la pintura y en el que destacan figuras como Debussy, Fauré o Ravel.

Pero como decíamos al principio, la música no solo reflejó las ideas nacionalistas y políticas, sino también las subrepticias realidades sociales. Por ejemplo, la obra Louise (1900) del compositor Gustave Charpentier, muestra la lucha por sobrevivir de trabajadores parisinos en momentos de dificultades. Richard Strauss hizo lo propio en la famosa obra El caballero de la rosa, mostrando en ella la nostalgia por la magnificencia del Imperio Austro-Húngaro.

En los años 20, París y Berlín rivalizan por la hegemonía de la vanguardia artística de Europa, pero pronto esta actividad fue denunciada como “bolchevismo cultural” por los sectores más conservadores. Con la llegada de Hitler al poder, todas estas tendencias vanguardistas, serían aplastadas y destruidas, etiquetadas como “música degenerada” o “arte degenerado”. Entre estos “degenerados” aparecen nombres de compositores como Schönberg y sus alumnos Berg y Webern, pero también el régimen contaba con prestigiosos compositores como el propio Strauss, que aceptó ser nombrado Presidente de la Reichmusikkammer en 1933, cargo que tuvo que abandonar dos años más tarde al negarse a eliminar el nombre de su libretista judío Stefan Zweig de los créditos. Después de esto, Strauss dejó de colaborar con los nazis, y su obra se impregnó de pesimismo y desencanto. Alemania pasó de ser el centro de las vanguardias culturales y artísticas de Europa al silencio más absoluto en lo que al arte se refiere.

 “Con la llegada de Hitler al poder, todas estas tendencias vanguardistas, serían aplastadas y destruidas, etiquetadas como “música degenerada” o “arte degenerado”".

Otro ejemplo podría ser el de Gershwin, que con el musical Porgy and Bess, el compositor trató temas como la marginación social y las drogas. El hambre, la prostitución, los problemas raciales y la delincuencia, sitúan la acción en la sociedad norteamericana de la Gran Depresión.

Shostakovich estaba convencido de la función ideológica que la música debiera tener con la sociedad. Cuestionado en diversas ocasiones por el propio régimen, el compositor pudo ejercer de forma más libre con la muerte de Stalin, pero su música sigue siendo la máxima expresión cultural de la antigua URSS.

Son muchos los compositores que podríamos llegar a citar en este artículo (Prokofiev, Dvorak, Bartok, Ives, Barber, Bernstein, Falla, Turina) pero mi pretensión era la de reflejar la importancia que el arte en general, y la música en particular han ejercido a lo largo de la historia, también como herramienta de difusión de ideas y valores de las diferentes realidades sociales y contextos históricos.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, podemos apreciar cómo este roll que durante siglos ejerció lo que denominamos música culta, ha sido sustituido por otras expresiones como el cine, la música comercial o de autor, o incluso programas de televisión, contribuyendo a su vez a enfriar la demanda del público por las nuevas composiciones, las cuales, aunque siguen teniendo su espacio, gozan en la actualidad de una menor repercusión. El público sigue reclamando la interpretación de las grandes obras del pasado, especialmente del siglo XVIII y XIX, y en sustitución a los grandes compositores, son los intérpretes los que han ganado una considerable notoriedad.

Por todo ello deberíamos considerar de vital importancia la formación educativa en materia artística, ya que esta significará parte primordial del bagaje necesario en la participación, contemplación y crítica artística, siendo así la mejor garantía de evolución cultural y social. Conocimiento para discernir, criterio para escoger y saber para alcanzar la libertad.  

Pep Vila (músico)

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