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Libertad de Expresión; la manipulación del concepto. 
Es muy frecuente, por desgracia cada vez más, la capacidad de manipulación de conceptos que amparados por la defensa de ideas e ideales tienden a exhibirse desde determinados medios. El derecho de opinión del individuo y la libertad de expresión en cualquier ámbito, es muestra sin lugar a dudas, de una sociedad libre y democrática. Cualquier persona es apta para expresar su opinión, aunque debiéramos exigir, o como mínimo fomentar un cierto nivel de conocimiento al oyente para discernir entre lo constructivo y lo malicioso.

Cuando hablamos de opiniones vertidas desde medios o plataformas con un amplio alcance y repercusión mediática, sí creo necesario elevar esta exigencia al informador y opinante. No todo vale con el fin de justificar. Es decir, el discurso expuesto debe estar sustentado por un argumento equidistante y objetivo, en base a una exposición veraz de los hechos y libre de manipulaciones contaminantes. En definitiva, sincerarse con la audiencia si con ello pretendemos ganar su confianza y su respeto.

Insisto en el fondo de lo que escribo, y es la manipulación de conceptos e ideas, no de la opinión que cada cual pueda mostrar respecto a lo que acontece.

“¿Por qué se llega a tener verdadera confianza en el juicio de una persona? Porque ha tenido abierto su espíritu a la crítica de sus opiniones y de su conducta; porque su costumbre ha sido oír todo cuanto se haya podido decir contra él, aprovechando todo lo que era justo, y explicándose a sí mismo, y cuando había ocasión a los demás, la falsedad de aquello que era falso, porque se ha percatado de que la única manera que tiene el hombre de acercase al total conocimiento de un objeto es oyendo lo que pueda ser dicho de él por personas de todas las opiniones, y estudiando todos los modos de que puede ser considerado por los diferentes caracteres de espíritu” John Stuart Mill, Sobre la libertad. (pp. 96-97).

Actualmente vivimos un proceso de manifestación activa por parte de la sociedad, cada cual desde su posición y mediante los medios a su alcance. Si analizamos la situación social y económica en la que estamos inmersos, es fácil deducir que estas manifestaciones son por muchas razones, necesarias a la par que legítimas. Lógicamente cualquier persona que abogue por la libertad social estará de acuerdo con el derecho de manifestación y reivindicación. Pero es necesario considerar como principio de libertad la ausencia del individuo o grupo de individuos, así como del poder del Estado para con aquellos aspectos relacionados con el pensamiento y expresión de cada cual. El pensamiento debe ser absolutamente libre, pero bajo mi punto de vista, no las acciones que derivan de ellos.

 “Según esto, considero que el primer paso para defender la libertad de expresión sería estimular y acrecentar el espíritu crítico. De lo contrario, la predisposición a un conocimiento selectivo mermará el juicio colectivo de la “verdad”. ".

En este punto el debate sería mucho más extenso, ya que entraríamos a valorar si cualquier acción realizada en el propio acto de manifestación estaría justificada como fin. Personalmente no lo entiendo así. El derecho legítimo de unos jamás debería violar el derecho, también legítimo, de los otros, y de ser este el caso, cualquier defensa debería ser reprobada socialmente. El fin no siempre justifica los medios.

Pero con todo ello llegaríamos a un segundo debate. ¿Cómo denunciar o alejarnos de opiniones y actitudes éticamente reprobables, si asistimos a una contaminación informativa que no hace más que confundir y tergiversar los hechos con el propósito de persuadirnos hacia uno u otro lado de la balanza? De entrada, el derecho a la información ya viene sesgado desde los propios medios que mayoritariamente utilizamos para acceder a ella. Anuncios personalizados y preferencias que invitan a escuchar lo que por predisposición queremos escuchar, y a creer lo que por convicción preferimos creer. Según esto, considero que el primer paso para defender la libertad de expresión sería estimular y acrecentar el espíritu crítico. De lo contrario, la predisposición a un conocimiento selectivo mermará el juicio colectivo de la “verdad”.

Personalmente considero que el actual debate sobre la libertad de expresión no debería tener cabida en una sociedad formada en valores y criterios, ya que no debiera ser la ley la que enjuicie determinadas expresiones. Con una sociedad capaz de discernir determinados códigos éticos, el espacio y la repercusión de estos serían puramente anecdóticos, y quedarían de esta manera despojados de cualquier defensa social, no tanto por el contenido sino por las formas que lo expresan.

Cualquier opinión es objetable, pero lo más pernicioso es la intencionalidad de la opinión no demostrable. Es decir, considerar como válidas las opiniones expuestas bajo una intencionalidad subjetiva, bien por omisión de datos o hechos relevantes propios del argumento, o bien por inexactitudes, no hará más que alimentar el recelo de terceros sobre una distorsión de la realidad, y con ello el prejuicio colectivo de la “verdad”. He aquí el gran logro del adoctrinamiento colectivo. Con todo, es fácil asistir a la conversión de mediocres en artistas, o peor aún, delincuentes en símbolos.

En una sociedad donde el acceso a la información está al alcance de todos, no estaría de más reflexionar sobre las pautas y condiciones que esta debiera reunir para poder cumplir con su cometido. De lo contrario será evidente que este cometido, sesgado por la pluma, será manifestación plena de un adoctrinamiento pretencioso que acabará por aniquilar aquello que precisamente pretendemos proteger; la libertad de expresión y de pensamiento. Y todo con el beneplácito de los cada vez “menos libres”.

Pep Vila (músico)


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